(Con motivo de que se cumplen 6 meses de la llegada de la DANA que asoló la provincia de Valencia, Míriam nos ha pedido que fuera hoy la fecha en la que se publicara este texto, que ha escrito ella para narrar cómo se vivió aquella situación, y cómo se viven sus consecuencias medio año después).

NO TE OLVIDES DE VALENCIA
Es 29 de abril y Valencia, tan preciosa como siempre, se llena de primavera. La tierra de las flores, de la luz y el color, del azahar, el Mediterráneo, la naranja y el arroz.
Y en un rinconcito de su existencia, en el sur de su anatomía, L’Horta, reviviendo cada día aquel día. El tiempo es un curioso bálsamo que va calmando la furia y la rabia, adormeciendo el recuerdo. Pero aquí, en
Benetússer, en Paiporta, en Massanassa, en Catarroja, en Sedaví, en Alfafar… , el tiempo que ha pasado sólo nos insiste, nos espolea, nos arenga a seguir con la memoria despierta.
Ya han pasado seis meses, pero fue ayer. Duele como dolió toda aquella noche, como dolió aquel amanecer y como duelen las heridas que no se curan y las lágrimas que no se derraman y las vidas que, en su duelo, saben que todo seguirá pero que nada volverá a ser igual.
El día 29 de octubre de 2024, bien temprano, en el grupo de la familia, mis sobrinos escribían en el móvil que se habían cancelado las clases en Utiel. Mis hijos, claro, protestaron: los primos no tienen que ir al colegio y nosotros sí. A fecha de hoy, seguimos dando gracias al alcalde que tomó la decisión. Los IES de Utiel reciben a los adolescentes de todos los pueblos cercanos: Caudete de las Fuentes (el mío), Sinarcas, Camporrobles, Villargordo… Hubiera sido UNA MASACRE del futuro de la comarca, de las generaciones que la mantendrán y que, por cierto, serán su memoria.
De Caudete salieron los Baños, padre e hijo, en el camión, porque no había alerta, porque no había riesgo, porque sólo era un 29 de octubre con mal tiempo como otro cualquiera. A mediodía se perdió el contacto con ellos, a la altura de Ribarroja. Por teléfono habían hablado con la familia e informado de la situación de la carretera desde Chiva. Pero ya no se supo… Los enterramos 11 días después, el tiempo que tuvo que pasar para encontrarlos, identificarlos y ratificar lo que nos temíamos.
Y aquí, en L’Horta Sud, fuimos a los colegios, trabajamos, se abrieron tiendas, parques, supermercados… La vida era “normal” a menos de 80 kilómetros.
Yo, privilegiada, salí a las 15 horas de trabajar y, mirando al cielo, pensé en un tarde de sofá y series. Al llegar a casa no había luz y me preparé un romántico tentempié a la luz de las velas con mis gatas. No había nervios, ni en el grupo de WhatsApp de la familia, ni en el de los compañeros de trabajo, ni en el de los amigos. Tampoco una llamada preocupada de mi madre o de mis hijos. Todo era poderosamente “rutinario”.
Confieso que me dormí, sin luz, sin televisión y con temor a agotar la batería del móvil. Me dormí. Me desperté alrededor de las 18:30. En el grupo del trabajo se bromeaba sobre la situación: «Aquí parece que ha llovido un poco, el agua llega a los bordillos», «Yo he llevado a mis hijos a inglés, que si no han cancelado las clases es porque no pasa nada» (compañera residente en Paiporta, ya os contaré lo que ella vivió), «Pues yo voy a salir a tomar un café, que en casa está mi hija con el profesor particular» (mi compañera de Benetússer, vivimos puerta con puerta).
Salí a la terracita de mi primer piso. Sí, el agua llegaba al bordillo y la calle estaba llena de gente. Serían alrededor de las 19:00. No hacía frío, no llovía (tal vez es cierto eso de la calma que precede a la tormenta, aunque en este caso fuera una riada). Continuamos con la broma: «Mañana iremos a trabajar en canoa, no pasa nada».
A las 19:20 recibimos el audio desgarrador de la compañera de Paiporta, no podía llegar a por sus hijos, les habían obligado a abandonar los coches y estaban refugiados en un rellano de un edificio, 14 personas.

El agua había subido. En Benetússer, la gente sacaba los coches de los garajes y los dejaba donde podía, entre la risa porque «al final nunca pasa nada» y la preocupación de «parece que va en serio». A las 19:40 mi hijo mayor me llamó para pedirme que hiciera hamburguesas de cenar.
El agua alcanzó casi los dos metros a las 19:50. Los coches eran arrastrados, la gente se agarraba a las verjas… Yo tenía todas las ventanas abiertas y marcaba el número de la policía local (comunicaba), de la guardia civil (sin señal) y de emergencias (el número marcado no existe). Llamé a mi hijo mayor llorando «No vengas, vete a casa de la abuela. No vengas. ¿Dónde está tu hermano? ¿Está en Mislata con el papá? ¿Seguro?» Mi hijo me contó que, desde el centro de Valencia, aquella llamada le pareció la de una histérica. Fue la última persona con la que conseguí hablar, y mal, entre el llanto, los gritos y la cobertura, que ya pretendía hacer mutis por el foro. Ya nadie supo de mí.
Parecíamos almas en pena. En el rellano, las puertas abiertas, toallas y toallas y toallas en el hueco del ascensor, un vecino “valiente e imprudente” comprobando que los dos sótanos del garaje ya estaban inundados. Desde la terraza de casa pude ver como los coches que se habían amontonado destrozando las puertas de los bajos, habían sido arrastrados por el agua hacia las vías. Una pareja con dos perros se agarraba a la reja del bajo de la vivienda de enfrente, mientras una cadena humana intentaba agarrarlos desde el patio del edificio. «¡Suelta a los putos perros!», decía él. Ella no los soltó. Se gritaban. Y vino una nueva ola de agua, y se los llevó.

Y trajo más coches, y muebles de la academia de inglés de la esquina, y electrodomésticos de la tienda de al lado… Y se retorcía todo como si fuera de papel: cristales, puertas, coches, toldos, neveras… Era el sonido de una película de ciencia ficción: gritos, ladridos, nombres… Y el agua corriendo, salvaje, de color marrón miedo, furiosa e indomable, pero no inesperada.
La primera alerta llegó a las 20:10. Ya no se podía hacer nada. Y sólo pedía prudencia ante la posible desgracia. ¿Posible? ¿Acaso yo entendía mal el significado de esta palabra? Las montañas de coches y muebles aparecían y desaparecían; cuando creíamos que se había taponado la calle, una nueva ola lo arrastraba todo a las vías, buscando el mar…
En el rellano, los vecinos del primer piso nos repartíamos entre los pisos de los del segundo y tercero, por si el agua subía más. Turnos en la escalera para controlar el nivel, niños llorando, gente desesperada por contactar con quien no había llegado a casa, con sus padres o hermanos que también residen en Benetússer y solían volver en tren, o estar en casa a esas horas, y sólo había UNA GRAN NADA.

A las 21:00 horas aproximadamente, llegó la segunda alerta: SUBAN A PISOS ALTOS. El agua ya pasaba de los dos metros. Los vecinos nos preguntábamos por el Parque Alcosa, toda esa comunidad residente en bajos; por los unifamiliares de la calle de detrás, por la gente que se hubiera refugiado en cafeterías y comercios… y simplemente nos mirábamos.
No recuerdo las horas que pasaron.
Sé que me hice un ovillo en la cama a la luz de las velas con la ventana abierta, el Kindle y las gatas. No quería dormirme, y aún así, caía sobre la almohada una y otra vez. Recuerdo despertarme a las 4:00, alguien llamaba a su perro. A las 5:30, seguíamos sin luz y sin cobertura. A las 6:00, a las 6:15… Y ya quedarme despierta, en la terracita, viendo el medio metro de barro que había en la calle mientras, de forma desconcertante, el sol se preparaba para dar a luz un nuevo día, y un día de los que organiza preciosos.
A las 7:30 la gente estaba en la calle. Caminaban, preguntaban por luz, o cobertura… Mi única preocupación en ese momento (qué imprevisible es el cerebro) era cómo iba a llegar a trabajar o a avisar de que no podía llegar.
Y la vida siguió en el mundo mientras aquí, en Valencia, en L’Horta Sud, todo iba a tener que volver a empezar. Desde cero, desde el desconocimiento de la magnitud de lo que había ocurrido en realidad, desde el abandono que íbamos a sufrir, desde la miseria a la que nos íbamos a enfrentar.

El 29 de octubre de 2024, morimos.
El 30 de octubre de 2024, resucitamos.

A partir de ahí, miradas perdidas y muertos en vida.
Por favor, no te olvides de Valencia.
Sé, con nosotros, memoria.
Míriam Taberner, maestra.

(*Al no contar con la autorización expresa de las personas que aparecen en las imágenes, hemos desenfocado sus rasgos faciales para mantener su anonimato).


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